martes, octubre 06, 2020

la virtualidad al servicio del perdón

En estos tiempos, donde se recomienda respetar el aislamiento físico, las tecnologías han sabido proveer plataformas de fácil administración para afianzar una cercanía virtual. Seminarios, encuentros, cumbres, talleres, vivos, congresos y un sinfín de formatos han hecho florecer actividades de distinta índole. La comunidad de Un Curso de Milagros no podía estar ausente.

Atendiendo a mi veteranía, siento prudente compartir algunos pensamientos en cuanto esta avalancha milagrera parece ser proclive a pasar por alto los años de construcción silenciosa y cuidada de tantísimos estudiantes en pos de espacios de consolidación de las enseñanzas del perdón.

Pensar que la modernidad nos convierte en adelantados, es una idea tentadora pero inexacta. Organizar por primera vez una actividad de extensión no significa que sea la primera vez que se hace en el mundo. Las consignas y enunciados de las convocatorias exigen una honestidad total, caer en falsías implica bien ignorancia de los promotores, bien un profundo descrédito para todos aquellos que los precedieron.

Podría nombrar un profuso conjunto de estudiantes de distintas nacionalidades que han dedicado décadas y décadas a la práctica y extensión del Curso mediante talleres, seminarios, retiros, festivales. Y así, teniendo a la seriedad y a la apreciación como guía, referentes de aquí y allá se sumaron al llamado. Podría nombrarlos, dije más arriba. Pero elijo honrarlos, al reconocer y agradecer tanto sus daciones como sus lecciones de fraternidad. 

Una forma concreta de inspiración puede ser atractiva, pero declamar que en más de 50 años nunca se vio algo así, la vuelve insensata. Y de insensateces ya sabemos bastante.

Las voluntades de quienes nos precedieron fueron enseñando un camino de honestidad para que hoy elegir recorrerlo en gratitud sea más fácil.
A todos ellos, vaya mi consideración y respeto.

Bendiciones,
patricia
Milagros en Red

domingo, septiembre 01, 2019

Palabras Sin Pensamientos Jamás Llegan Al Cielo


Días atrás, la Fundación para Un Curso de Milagros publicó un fragmento del taller “Palabras y Pensamientos” del Dr. Kenneth Wapnick y no puedo dejar la mencionar que el título de este taller refiere a una idea visibilizada en Hamlet y que todos, casi sin excepción, conocemos bien. 

Cuando el Rey Claudio reconoce sus pecados, fue natural pedirle perdón al Cielo si bien advierte, casi de manera simultánea, que su arrepentimiento no era del todo honesto.  Así es como el Bardo poéticamente expresa el dilema de Claudio: 

Vuelan mis palabras bien alto, pero mis pensamientos se quedan aquí abajo. Palabras sin pensamientos, jamás llegan al Cielo.

Acciones sin pensamientos no llegan al Cielo. Prácticas tampoco. Nada de lo que hacemos o decimos llega al Cielo si la honestidad no es nuestra compañera. Seguramente en otra ocasión profundizaré un poco esta idea, por lo cual vuelvo ahora al fragmento en cuestión.

Quiero señalar que, durante su lectura, tuve la asombrosa experiencia de estar recibiendo algo muy similar a dos regalos. El primero, la incontrovertible exposición del paradigma del milagro que solo Ken puede ilustrar de manera simple y holográfica. El segundo, de carácter más personal, la cantidad exacta de palabras y pensamientos necesarios para brindarle refugio al esquivo perdón.

El propósito del Curso, enfatiza Ken, no es alcanzar la perfección en nuestras relaciones, no es cultivar un funcionamiento óptimo de nuestros cuerpos. Tampoco es procurar el ennoblecimiento o purificación del ego sino más bien… ¡dejar de hacerlo feliz! Para ello la práctica es clara; desdramatizar los inevitables traspiés en la vida como si de calamidades de escala sideral se trataran.

El mundo que veo consuma su propósito cada vez que elijo encomendar mis seguridades en su mecánica y al hacerlo, olvido que es figuración de una quimera. Estoy sentada en una primera fila, tan entretenida aplaudiendo y celebrando el espectáculo, que la recordación de mi naturaleza interior necesariamente se vuelve ficción.

No hagas un tango de tu olvido, pato – me parece escuchar. Argumentos para escribir acerca de traiciones y muertes, frustraciones  y desengaños nunca te faltarán. Pero tampoco te conducirán a la paz de Dios.

Por lo tanto, estoy así de cerca de entender que mi práctica está orientada a expresar la potencialidad de otro paradigma, natural e inclusivo, que sostiene en toda circunstancia una decisión constante a favor de la paz. ¡Y esto sí me conduce a la paz de Dios!

Mis perfidias o mortandades, mi sobrepeso o fealdad, no me definen. Tengo que dejar de joder con pensar que los milagros me han mejorado porque no tengo tantas arrugas o peor aún, sentirme desmoralizada si algunas gentes que conozco han hecho de su vileza un arte.

Un Curso de Milagros advierte que en la ilusión de este mundo, es imposible negar al ego porque las formas promueven su supuesta realidad. Y, repasando una idea resistida y objetada, el cuerpo es parte de nuestra experiencia en este tercer guijarro a partir del Sol. 

Sed normales, sed bondadosos es la idea que siempre subraya el Dr. Wapnick, invitándonos a hacer aquello que mejor creemos minimizará el dolor físico o psicológico. No obstante, la diferencia estriba fundamentalmente en... ¡no escenificar un culebrón con ese quehacer!

Al observar sin juzgar las cosas que me pasan, reconozco  que expresan el intento de distraer mi capacidad de recordar para qué estoy acá. Por lo tanto, todas mis aciagas interpretaciones me han llevado a vivir sumamente atemorizada de Dios. Y he ahí el rol del Espíritu Santo como justo intérprete de las creencias del ego. 

Su capacidad para utilizar símbolos le permite actuar con las creencias del ego en el propio lenguaje de éste. Su capacidad para mirar más allá de los símbolos hacia la eternidad le permite entender las leyes de Dios, en nombre de las cuales habla. Puede, por consiguiente, llevar a cabo la función de reinterpretar lo que el ego forja, no mediante la destrucción, sino mediante el entendimiento. T-5.III.7 fragmentos

Me reconforta pensar que ahora mismo puedo permitir que todas las cosas me conduzcan, sin mediar distracción, al instante donde puedo tomar una decisión unificada.

Que baje de peso no me ayudará a tomarla, no obstante, sí me permitirá observarlo de otra forma. Las gentes seguirán desengañándome, pero sólo un propósito unificado me permitirá observarlas de otra manera.

Para concluir, mi paz interior no se ve afectada si un esguince o un diluvio impiden un paseo en mi moto dado que nada de ello me conducirá de regreso a mi Padre. 

Y así y todo, un vueltín en mi "negrita" es una herramienta fabulosa que facilita una receptividad en mí, un espacio libre de temor que me permite aceptar que el mundo seguirá cantando el mismo tango mientras yo aprendo a recordar otra canción, aquella beatífica melodía que resonaba en ese lugar donde yo solo amaba a todos los que la entonaban conmigo.

Bendiciones,
patricia

lunes, agosto 19, 2019

Buenas Intenciones


Descubrí a Jane Austen en mi adultez, debido seguramente a la indescriptible fascinación por las Brontë que disfruté durante mi adolescencia.

De todas sus novelas, es siempre su último trabajo, Persuasión, mi favorito. A veces me resulta extraño que un libro escrito en 1816 pueda interpretar y acompañar con tanta solidez todos los cambios que aún tienen lugar en mi forma de pensar, facilitando un entendimiento que en soledad jamás hubiera alcanzado.

Sin entrar en muchos detalles, la novela narra la historia de Anne, quien hace siete años, fue persuadida de cancelar su compromiso con Frederick, un joven oficial en la Marina. La familia de Anne sostenía que no era lo suficientemente distinguido para ser parte de ellos, encontrando degradante un vínculo así. Y fue Lady Russell, la madrina de Anne que prácticamente ocupaba el lugar de su madre fallecida, la persona que finalmente logró persuadirla. Al abandonar a su prometido, el corazón de Anne se rompe y nunca volvió a encontrar otro amor. Como corresponde, la trama se pone en marcha con el sorpresivo regreso del ahora célebre y acaudalado Capitán Frederick Wentworth que no ha perdonado el rechazo sufrido. "Su fría cortesía, su ceremoniosa gracia, eran peores que cualquier otra cosa", expresa la silenciosa voz interior de Anne al verlo.

Ni uno solo de los personajes de Persuasión es malintencionado. Incluso la superficial vida social de Bath -tan conocida para Austen- es malintencionada. Ni siquiera lo es Lady Russell, una mujer culta que sólo quería lo mejor para Anne, vale decir, un esposo educado y que estimulara su inteligencia.

No obstante, si hay algo que he aprendido en estos años es precisamente no confiar en las buenas intenciones. De hecho, trato de alejarme de toda situación en la que alguien me deje saber que sólo las buenas intenciones guían su corazón – o cualquier otra idea melosa y expresión meliflua.

Si no somos capaces de observar, en verdad observar, el contenido de nuestras motivaciones, esa sombra que impregna todo pensamiento honrará su destino de proyección. Si no observo el paradigma del destierro que me sujeta, la ilusión de "ser amor", la "luz del universo" o un "ángel enviado", serán las excusas perfectas para seguir proyectando el dolor de no ser ni siquiera ilusión.

En buen romance, estoy diciendo que si de alguna manera creo en la existencia de un dios bien intencionado que castiga sin palo y sin rebenque – como decimos en estas pampas – será inevitable para mí adoptar esa misma intención como mi propia prerrogativa.


El ego no le desea el bien a nadie. No obstante, su supervivencia depende de que tú creas que estás exento de sus malas intenciones. (T-15.VII.4:3-.4)
Por eso estoy cómoda con mi decisión de no confiar en mis buenas intenciones porque en última instancia yo misma soy una intención desencaminada, mejor dicho, una intención que se piensa separada porque parece que así todo es más fácil. Cualquier ataque causa dolor, podré incluso lagrimear levemente al justificar mi ofensa, pero no será posible escapar del dolor causado.

Nadie ataca sin la intención de herir. (L-pI.170.1:1)

Y no a la otredad precisamente, sino a la conciencia que mora en mi interior para demostrar mi razón.

En esta línea de pensamiento, comprendo que incluso mis buenas intenciones para cuestionar lo que veo son tramposas, dado que las más de las veces cuestiono sólo para refrendar mi propio punto de vista. Más aún,

... si no recibes muestras de gratitud procedentes del exterior y las debidas gracias, tus intenciones se convierten de nuevo en ataques. (L-pI.197.1:4)


Mejor hacer a un lado el perdón bien intencionado, porque no existe algo así.
Mejor dejar de joder con las buenas intenciones, porque no lo son.
La buena intención de Lady Russell sumió a Anne en la tristeza, en una muerte prematura.
La buena intención de la familia de Anne le garantizó ser una persona inexpresiva, sin voz ni hermosura.
Mi buena intención me hace deambular por estas llanuras para soñar un espacio en donde mi Padre no pueda entrar y yo esté sola.
Anne y Frederick sólo se reencontraron con el Amor.
Y es inevitable que yo también.
Bendiciones,
patricia

jueves, junio 20, 2019

Justificando Lo Injustificable


A veces me pregunto si no son en verdad extrañas algunas de esas líneas de pensamientos que alimentamos, hasta que un buen día, nos encontramos, casi obligadamente, justificando lo injustificable.
Resulta ser que en este último tiempo, he tropezado con algunas acciones que, provenientes de disimiles orígenes, exhiben una curiosa similitud. Mal podría yo dedicar un par de líneas a la anatomía de estas cuestiones, esas que todos repudiamos colectivamente y practicamos separadamente. 
No obstante, si hay algo que he aprendido es a no permitir que la forma de las formas me ciegue. Esas apariencias consistentes, esas figuras insistentes, solían ser madamas de mi aletargado pensar. No es que haya dejado de sucumbir a ellas como respuesta primera, claro que no. La diferencia es que ahora no contemplo nada sin el auxilio de un rápido reconstituyente que me permite recordar que hay otra manera de mirarlas, una que me recuerda su igualdad congénita. Todas las formas ocupan mi mirada para fortalecer mi decisión de negar la presencia constante de una Verdad que me trasciende y, como tal, nos une. 
Volviendo entonces a esta idea que nos predispone a justificar lo injustificable, resulta ser que la respuesta fácil que cualquier espiritualidad holgazana nos ofrece, se reduce a una expresión del tipo “todo está para ser notado”. No puedo dejar de imaginar que ésta y otras frases hechas se amontonan cuidadosamente en una desgastada maleta de citas rápidas a la que se puede recurrir en caso de sentir la necesidad de dar una respuesta iluminada para demostrar un profundo dominio de nuestra naturaleza divina. 
Todos queremos ser espiritualísimos. Ser exegetas y escribas de la nueva interpretación de cuanto camino a la paz se nos cruce, todo a la luz de estos tiempos modernos y los gloriosos cinco minutos de fama con los que las redes sociales nos engatusan. Todos queremos ser espiritualísimos mientras sigamos usando nuestro nombre y dirección, me parece reconocer gracias a la práctica de mi caminito milagrero.
Escribo estas líneas así de improvisadas agradeciendo no haberme detenido ni un instante a rumiar algunas actitudes. Esa decisión le daría la bienvenida a la experiencia emocional de crucificar al farsante y no hay forma que esa crucifixión no sea la mía. Tantos clavos y espinas no han sido llamados azucenas en vano.
En fin, sí es en verdad extraña esa línea de pensamiento que nos exime de toda responsabilidad para con el otro y terminamos justificando lo injustificable.
Un Curso de Milagros nos recuerda que no es sensato torcer y retorcer y destorcer las formas para justificar una actitud desamorada. Tampoco lo es el castigo por abrigar pensamientos deshermanados. 
No obstante, de una sola cosa sí estoy segura. No voy a utilizar nada que prolifere en estos pagos desérticos para justificar mi falta de fe en mis hermanos que son uno conmigo, sí, pero en el Cielo.
Y aquí, en la tierra, donde únicamente reflejos de esa Unidad están a mi alcance, sólo puedo elegir no valerme de nada para justificar algo que sé que no proviene de Dios. El ataque no proviene de Dios, la descalificación no proviene de Dios, el despojo, la rapiña y el engaño tampoco provienen de Dios.
Y por esto doy gracias.
Gracias porque a toda ilusión, Dios le infundió otro propósito.
Y es uno que el milagro hace visible.
Bendiciones,
patricia
Milagros en Red